Una montaña de dilemas
Pedro Vargas

Una montaña de dilemas

Me cargo la mochila y la cámara, preparo los bastones y antes de empezar a caminar miro hacia la cumbre… “¡ufff!, lo que me espera”.

No sé si escribir un relato para el concurso de la Semana Cultural, pero ¿de qué tema?

Tranquilo, pasiño a pasiño, como dice siempre mi amiga gallega.

Quizás podría escribir algo sobre los juegos infantiles que practicábamos en el barrio, hace tantos años ya que  casi no me acuerdo: el trompo, los boliches, la piola, montalaburra, guirgo. ¡Los chicos de hoy no saben lo que se pierden!

Cargo el track en el móvil y compruebo que voy por el sendero marcado.

O relatar alguna de las golfadas que hacíamos en aquellas calles del barrio sin asfaltar y llenas de barro que, si las comparamos con lo que se ve hoy, serían cositas angelicales.

Tengo que pararme para sacar el chubasquero porque empieza a lloviznar.

¿Y qué tal si escribo de barcos y marinos?, ¿alguna batallita vivida por esos mares de Dios?, ¿relatar algún temporal de los tantos que llevo en las costillas?

Esta primera parte, de unos dos kilómetros, es muy suave, prácticamente llana, lo que me sirve para ir entrando en calor antes de la subida.

¿Una aventurilla en algún puerto?, ¿algo relacionado con la complicada convivencia de veinte tíos, en un cascarón de apenas cien metros de eslora, durante un montón de meses?

Tengo que concentrarme en la respiración, como me enseñó mi sobrina: dos pasos metiendo aire, otros dos pasos sacando el aire. Ya voy entrando en calor. 

No, de barcos no voy a escribir porque este es un tema que aquí no le interesa prácticamente a nadie; y yo no me siento capaz de describir algo que levante el interés y que puedan entender los que no conozcan este mundo.

A partir de aquí empieza la subida, casi 1200 metros de desnivel. Me paro, bebo un trago de agua y ¡a disfrutar del subidón! Tengo que dar pasos cortos y a un ritmo adecuado, sin agobios.

Siempre me he hecho esta pregunta: ¿cómo, estando rodeados de agua por todas partes, hay tan poca tradición marina en esta isla? He leído en algún sitio que los guanches no sabían navegar, así que, quizás nos venga de herencia genética.

Ahora la subida se ha suavizado algo y puedo ir un poco más rápido, pero sin pasarme de rosca.

¿Y si escribo de la jubilación? Que si una nueva vida, que si disfrutar de las pequeñas cosas: de un bonito amanecer, de una florecilla, de los amigos, la familia.

Me paro,  miro hacia arriba y se me viene el alma a los pies. ¡No volveré a mirar hasta dentro de un par de horas por lo menos!

No, éste es un tema demasiado trillado. Hay demasiados amaneceres, atardeceres y florecillas pululando por el mundo literario de los “jubiletas”.

El tiempo empeora, hace viento y sigue lloviendo. El frío se hace más intenso.

¿Y si toco el tema de los jubilados de manera jocosa, en plan “vacilón”, como el famoso juego de palabras de jugar a la bolsa con la bolsa del pan?

En todas las subidas yo paso por tres etapas: primero me cuesta un montón cada paso que doy, me lleno de desánimo cuando veo lo que tengo por delante.

Categóricamente… ¡no!, si las florecillas están muy usadas, esto de la bolsa del pan es la “releche”; ya el primer día que me jubilé me lo soltaron y todavía, once años más tarde, me siguen dando la matraquilla con la famosa bolsa.

La segunda etapa es cuando entro en calor y me empiezo a encontrar muy bien, hasta eufórico. Es la etapa más peligrosa porque, si no me controlo, puedo quedar sin energías para el tramo final.

¿Y el tema de la Universidad de Mayores? Podría describir lo que ha significado y sigue significando en mi vida. O escribir algo sobre algún profesor o los compañeros, que luego se han convertido en amigos. O relatar alguna de las visitas que hemos hecho o los tenderetes que hemos disfrutado.

Y la tercera etapa es cuando ya veo que puedo lograrlo, que el final está a la vista. Estoy con las fuerzas justas pero me siento de maravilla.

Pues sí, aquí si puede haber “chicha”, tengo que pensarlo más detenidamente, pero aquí si puedo sacar algo.

Ahora paso junto al borde de un cráter totalmente redondo que se llama El Calderón. A partir de aquí el camino se empina mucho más y empieza el tramo más complicado.

¿Y si lo hago sobre senderismo? Alguna caminata, describir algún paisaje o el compañerismo que existe en este maravilloso grupo al que pertenezco.

Vuelvo a mirar el track. Bueno, ya llevo dos tercios de subida, solo falta uno más. Ya estoy casi llegando, pero estos últimos metros los tengo que hacer casi trepando porque no se ve el sendero y encima, arrecian el viento y la lluvia. Hace un frío del demonio.

Creo que lo mejor que puedo hacer es irme mañana de caminata para ir pensando en todos estos temas, porque las mejores ideas me vienen cuando estoy caminando.

Ya estoy arriba, en el cráter del Pico Viejo; me quedo con la boca abierta, sobrecogido por el grandioso espectáculo que está ante mis ojos. Me siento insignificante ante la majestuosidad de lo que veo pero, a la vez, me siento maravillosamente bien, grandiosamente bien… ¡Dios qué belleza!

Copyright © 2017 Pedro Vargas. Reservados todos los derechos.
Diseño de la página y revisión del texto, Paulino Alonso Panero.
Última revisión: 06-03-2017.
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